✍ Acerca de Leopoldo Alas “Clarín”

 Si en el siglo XIX español publicabas un libro mediocre, tenías dos opciones: rezar para que pasara desapercibido o preparar el chaleco antibalas, porque Leopoldo Alas «Clarín» estaba listo para destrozarlo en la prensa. Nacido en Zamora en 1852 pero asturiano de corazón y adopción, Clarín fue el crítico literario más temido de su época, un jurista impecable y el autor de una de las mejores novelas de la literatura en español. Si hoy viviera, tendría un canal de reseñas en YouTube dedicándose a desmontar bestsellers con un sarcasmo fino, quirúrgico y demoledor.

Aunque estudió Derecho y ejerció como catedrático en la Universidad de Oviedo —donde sus alumnos le temían y admiraban a partes iguales—, su verdadera pasión era el papel impreso. Bajo el seudónimo «Clarín» (un instrumento de viento diseñado para hacer mucho ruido y llamar la atención), firmaba sus famosas y temidas columnas llamadas Paliques. Con una pluma filosa como un bisturí, repartía elogios a los grandes como Benito Pérez Galdós y devastaba a los autores pretenciosos sin despeinarse, convirtiéndose en el árbitro supremo del gusto literario nacional.

Pero Clarín no solo sabía criticar; también sabía dar lecciones magistrales. A los 33 años publicó La Regenta, una obra monumental ambientada en Vetusta, una ciudad de provincias perfectamente reconocible como Oviedo. En ella dibujó un retrato implacable de la hipocresía social, las intrigas eclesiásticas y las pasiones reprimidas a través de la inolvidable Ana Ozores. La novela sentó tan mal entre la alta sociedad y el clero local que el obispo de Oviedo no dudó en arremeter públicamente contra él. La respuesta de Clarín, por supuesto, fue seguir tomando café tranquilamente mientras la historia le daba la razón.

Detrás de su fachada de crítico despiadado y sus gafas de miope, se escondía un hombre hipocondríaco, bajito, profundamente observador y con un sentido ético inquebrantable. Murió demasiado joven, en 1901 y con solo 49 años, pero dejó un legado literario colosal que demostró que se puede diseccionar a la sociedad con humor negro, elegancia y una lucidez implacable. Leopoldo Alas «Clarín» nos enseñó que la provincia puede ser el escenario de las tragedias más universales y, sobre todo, que nunca hay que confundir la cortesía con el perdón a un mal libro.